Liza Porcelli Piussi
Liza y Berni
Como me aburre describirme, voy a pedirle a mi perro que lo haga (Berni no lo sabe pero, en el parque, yo me doy cuenta de que él se manda la parte frente a los demás perros, solo por tenerme a mí de humana). Por eso, me conviene que él hable:
Liza siempre se agacha y apoya las rodillas en el piso cuando se comunica conmigo o se le acerca a un perro o se encuentra con un niño.
Liza detesta cocinar, no come animales desde hace muchísimo tiempo (desde antes de que yo la conociera), vive a palta y frutos secos; pero a mí me cocina todos los días y me consigue carne para respetar que alguna vez fui lobo.
Liza viaja desde Buenos Aires, donde vivimos juntos, a Bahía Blanca, donde ella creció. Va visitar a su familia, pero solo viaja si puede llevarme a mí para que también los visite. Es que todo lo hace conmigo porque, según dice, «ella es más ella cuando la acompaña un perro».
Será por eso que si no está sentada en la computadora mientras yo descanso a su lado, está caminando conmigo. Caminamos por horas hasta llegar a algún lugar de tierra y verde donde yo soy más yo (como le pasa a ella cuando está conmigo).
Liza saluda a los perros que pasan y ni mira a los humanos que el perro lleva de la correa y la mano. También cuando caminamos, me habla, me explica cosas; no sé bien cuáles pero yo le muevo la cola.
Liza ama su trabajo de escritora. Yo también lo amo. A ella, el sonido de las teclas al escribir la hace sonreír; a mí me hace dormir en paz porque sé que mientras ella pueda escribir, sonreirá y no se irá sin mí a ningún lado.
